
Goya es todo, ya he escrito, y sigo escribiendo, mucho sobre su caleidoscopio infinito. Goya abre una falla, y dentro de la falla abre otra y así en un juego de matiuskas terrible. E inicia. Y dice, mirad, esto es la modernidad. Goya pinta el futuro. Su pintura es un palimpsesto de estilos por venir. Hasta el último día de su existencia quiso ir más allá. Cuando ya lo había hecho todo quiso continuar. Más allá. Porque ser Goya es ser un horizonte abierto, y él lo asumía. Fijaos en esto, por ejemplo, Goya se había exiliado a Francia, harto de la oscura dicción del español postnapoleónico. En Burdeos, un anciano que ha reiventado la luz y los ojos que miran la luz. Allí descubre una nueva forma de grabar, y la quiere hacer suya, aunque sepa que es más de la muerte que del mañana. Tal vez esa sea su lección más imprecedera. Tal vez en este grabado está todo a lo que debemos aspirar. Aprender, siempre, aunque seamos un genio en los umbrales de la desaparición. Nunca habrá de ser suficiente.
