sábado, 24 de septiembre de 2011

Miguel Hernández, Cara-B

El año pasado fue el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández, y entre el mucho o el poco ruido que se hizo al respecto, Jesús Aguado organizó este volumen (No sabe andar despacio, CEDMA, 2010) con reflexiones de poetas "jóvenes " sobre el orihuelano. Mi aportación fue el ¿ensayo? que a continuación podéis leer:

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Miguel Hernández, Cara B.


Piensa en Miguel Hernández. Escribe sobre Miguel Hernández. Es el centenario de su nacimiento: aplausos, discursos institucionales para el hombre muerto por las instituciones. No importa , que la fiesta no cese, como el rayo. Desempolva a Miguel Hernández. Sus libros están al fondo de la estantería. Las páginas crujen al separarlas. Es el sonido del tiempo, es la artrosis del papel. Vamos a pasear el espectro de Miguel Hernández por las plazas de los pueblos, es el centenario de su nacimiento: 1910 queda lejos, esto es ya el siglo XXI, los grandes mitos de la Historia son figuras recortables de una revista infantil, las ideologías, nos dicen, son dibujos fantasma unidos con puntos suspensivos. Pero no importa. Nada. Pienso en Miguel Hernández.

Miguel Hernández en mí. No es una poesía que ahora me interese, tampoco es un poeta que considere importante en mi formación. No lo ubico en los estratos geológicos de mis posibles influencias. Estimo que hay una zanja muy grande entre su dicción y el sonido que agradece mi oído. Y sin embargo tengo que reconocer que él estaba allí mucho antes que otros, en el tiempo lento durante el cual las cosas suceden y significan para bien o para mal. Entonces estuvo. Recuerdo que yo tenía unos dieciséis o diecisiete años. Recuerdo que quería ser Rimbaud y que había pocos libros de poemas a los que tuviera acceso. Sé que un día de invierno me fui a la playa con un libro de Miguel Hernández y cerveza, y que seguramente también fumase algo. Recuerdo la ebriedad y la sensación de habitar esos poemas, supongo que hubo algo de comunión con lo escrito. Tal vez lo que sucedió fue que me intoxiqué y la belleza del momento fuera un efecto secundario. Eso ocurrió. Una antología negra de Cátedra, un adolescente desorientado en la playa de un pueblo. Casi lo había olvidado hasta que tuve que rebuscar en la memoria razones para escribir sobre Miguel Hernández. El centenario no basta, eso son excusas institucionales para justificar presupuestos. Cuando llegue 2011 el centenario habrá pasado, pero mi cita con sus poemas en la playa permanecerá. O ni siquiera eso. La playa cada año es distinta.




Miguel Hernández en ti. Léelo en la escuela. Muestra a tus alumnos el dibujo hecho en la cárcel por Buero Vallejo. Se adivina la calavera bajo los trazos. Lo hizo Buero Vallejo el radiografista. Di que en tus tiempos era un poeta prohibido y tuviste que hacerte con una edición de Losada en el mercado de los imposibles. Identifícate en tu lucha ficticia con su lucha real. Leer un libro clandestino es una forma de resistencia, una pequeña trinchera en el fondo de la mente. Reconocerás a los tuyos por el gusto a cebolla de sus miradas. Somos bastantes y somos mejores. En el fondo se trata de sentirse parte de una tribu. Podemos comprar una camiseta con un eslogan o un verso camuflado. Podemos darle la vuelta al disco de Joan Manuel Serrat y poner por fin la cara-B. Imagina que ese silencio sucio entre canción y canción es el espíritu del poeta reclamando su dignidad desde el ultramundo. Bueno. Con eso pocas bromas, con la dignidad ni medio chiste. Reconstruye el mito del hombre que brotó de la tierra como una raíz de carne atada a lo más profundo de lo bueno y noble que puede haber en un hombre o en una tierra. En el dibujo de Buero Vallejo se adivina la calavera, los ojos oscuros. Mira la mirada. Mira la fanfarria de la democracia, el confetti sobre los muertos y las banderas de los muertos. Ahora estudiemos a Miguel Hernández, aprendamos su vida como preguntas para un examen. Toquemos con una guitarra la elegía a su amigo Ramón ante tres decenas de niños aburridos. Hagamos un premio de poesía y llenémonos los bolsillos. Celebremos el centenario, que ya toca.

Miguel Hernández en mil. La dignidad, el mito. Con esto ni un gramo de ironía. Me pongo de pie para escribir su historia, me siento otra vez para corregir las erratas. Un hombre nace en 1910 en Orihuela, hijo de campesino. Quiero decir que Miguel Hernández nunca fue un burgués jugando a revolucionario. No había posibilidad de pose. Era fruto de su tiempo y de su condición. También es cierto que hay reminiscencias arcádicas en la imagen del joven pastor devorando libros bajo un encina mientras las cabras rumian el atardecer. Queremos ver un halo de pureza, una limpieza, seguramente impostada por nuestro complejo tecnológico, por lo bien que vivimos y lo lejos que nos queda todo ese mundo. Igual que su amistad con Ramón Sijé. A saber. Escribe un poema definitivo y la vida, y la muerte, y cualquier matiz verista queda neutralizado. He escuchado decir: la entrañable camaradería, la orfandad posterior, el amor fraterno a pesar de la distinta extracción social y la consiguiente deriva ideológica. A saber. Hay tanta falacia en este tipo de mito laico. No puede ser casual que mito y timo tengan las mismas letras. Pero queda el poema. Ese poema en concreto, que es ya un icono , una marca de lo poético tradicional. Oye, tú, la poesía sirve para cantar la amistad y la pena y esas cosas entrañables que, efectivamente, se nos mueven en las entrañas a los seres humanos, ¿lees esta elegía? ¿percibes el dolor y la belleza? Busca tres metáforas y una aliteración, relaciónalo con el ambiente cultural de su época y la biografía del autor, busca la rima, y para casa escribís vuestra propia elegía. En la siguiente clase hablaremos ya no del poeta cabrero y sus amigos muertos,sino de la guerra.
Porque es necesario que exista un poeta de la guerra para que podamos estudiar los poetas de preguerra y los poetas de postguerra. Toma una etiqueta manchada de sangre y barro. Declama un panfleto rojo contra el viento. Canta y lucha. El canto como forma de lucha, el lenguaje como trinchera real. El dorado de las estatuas se descascarilla y deja a la vista pintura de camuflaje, el silbo de los pájaros se transforma en el de las balas. Nos han machacado tanto con la Guerra Civil. Los mitos, los símbolos, los emblemas. Los himnos. Andaluces de Jaén, emocionaros con el verde ceniciento de los olivos que al parecer fuisteis, y al que habéis quedado unidos por el verbo. Dinamiteras, yunteros, paisajes tricolores que alimentan la nostalgia de los que no estuvieron allí. Nos contaron un cuento de vencedores y vencidos, de humillación y castigo. Ahí también encajaba perfectamente la figura de Hernández, como la de Lorca: no hay nada mejor que un poeta como mártir. Y es verdad que recuerdo que de pequeño en el colegio me contaron la historia y leímos las Nanas de la cebolla, y que aquello fue emocionante. Y que aquello parecía profundamente verdadero. Y al final del cuento el poeta moría en la cárcel.

Miguel Hernández en lid. Una vez estuve en un acto donde se leían poemas de Hernández y escuché a alguien gritar: los fascistas lo dejaron morir en la cárcel, lo mataron. Y a otro: no fue así, simplemente no había medicamentos, pero no fue alevoso. Y yo mientras tanto bostezaba.




Miguel Hernández en sí. Parece, según lo leído hasta aquí, que el poeta es sólo un símbolo, promovido para asentar ciertos valores e ideas, un elemento pedagógico del sistema; o bien una muleta sentimental en la que apoyar algún momento de nuestra biografía. Estoy seguro de que esto no es del todo cierto. Aparte del relato que hemos construido sobre el poeta y sobre sus poemas como segregaciones simbólicas de dicho relato, podemos preguntarnos si hay poesía o no hay poesía. Si nos vale o no. Y entonces recuerdo unos cuantos versos, alguna imagen que me retuerce por dentro. Al fin y al cabo la poesía debe provocar incendios neuronales. El crujido, el cortocircuito, la convivencia de lo posible con lo imposible. Eso es en gran medida la poesía, ¿se da ese fenómeno en Miguel Hernández? Propongo que sí. Y tomaré como ejemplo un fragmento de un poema. Los cobardes. El típico poema panfletario de Vientos del pueblo, escrito durante la guerra, con toda la mala uva del mundo. Poema duro, divertido, absolutamente accidental para un purista. Tal vez demasiado largo, posiblemente por eso pierda fuerza. Da igual. Citemos el fragmento en cuestión:

Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

Los tres primeros versos son objetivamente muy pobres, fáciles; la contradicción entre los adverbios que indican valor y los actos que se le atribuyen a un cobarde es digna de un poeta primerizo (o de un poeta obligado por las circunstancias y la propaganda, como es el caso). Sin embargo la cosa cambia con los tres siguientes versos. No he encontrado a nadie que no esboce una sonrisa ante “estas fugitivas cacas”: ese es el valor de la sorpresa, del humorismo que tan difícil es de solventar con tino en un poema. Pues ahí Hernández lo clava. Estupendo. Pero son los dos últimos versos los que alcanzan la altura que justifica tanta devoción. Los cobardes le duelen al poeta en un sitio muy concreto. Y la poesía es el arte del lenguaje preciso. Los cojones del alma. Sabemos claramente de qué está hablando Miguel Hernández cuando dice eso, y sabemos que no se podría haber dicho de mejor forma. Precisión poética. Altura literaria, incluso en medio de un poema circunstancial e impregnado de bilis.
La mezcla de lo espiritual (el alma) con lo más absolutamente terreno (los cojones), sería una versión guerracivilista del famoso encuentro del paraguas y la máquina de coser. O tal vez no. Tal vez sean lo mismo cojones y alma, y el verso impacte por redundancia. Tal vez lo que pasa es que la poesía sea una cuestión de eso, de cojones y de alma.

2 comentarios:

raúl quinto dijo...

También participaron en el libro: Bruno Mesa, Martín López-Vega, Antonio Lucas, Lidia Bravo, ALberto Santamaría, Josep M. Rodríguez, Sofía Rhei, Sandra Santana, Ana Gorría, Diego Vaya, Javier Vela y David Leo García.

ana dijo...

Es un texto muy inteligente, Raúl