lunes, 6 de septiembre de 2010

Una obra de Atsuko Tanaka



Querría hablaros de la hilazón, de la madeja invisible que une un aliento con otro. Vamos dejando rastros, escribimos caminos, cada puerta abierta es una senda que crece y se expande, cada puerta cerrada es un nuevo giro, un nuevo nudo desde el que partir. Vivimos, luego construimos caminos, queda dicho. Avanzamos soltando como una sombra el hilo de nuestra Ariadna interior, nos cruzamos con el resto del mundo, saludamos, reímos, amamos, escupimos, pasamos, y seguimos hacia delante, cada cual con su madeja desliándose. Como un hálito. Eso ya lo sabemos todos, es fácil darse cuenta. El laberinto es el hilo, sus interminables cruces, sus colores brillantes. La vida, cuando las soledades se anudan, eso pienso que pintó Atsuko Tanaka. Mejor dicho, eso veo en esta pintura hoy que me encuentro el cabo de mi propio hilo frente a mí.

2 comentarios:

Esther Rodríguez Cabrales dijo...

y nudos
nudos prietos
imposibles de deshacer
ahogados

raúl quinto dijo...

siempre se pueden cortar de un solo tajo, como hizo Alejandro.