Casi un mes después retomo mi serie cinematográfica, cada vez quedan menos para completar las quince. Hoy quiero hablaros de la que ocupa el décimo lugar: Freaks (Tod Browning, 1932). Browning fue el arquitecto, junto a James Whale, de lo que conocemos como cine de terror clásico. Del Drácula de Lugosi al Frankestein de Karloff, lo que fueron esos monstruos y esos mitos como semilla de celuloide se debe a ellos y a los estudios de la Universal. Crearon un código, bien. Browning fue más lejos y filmó un tratado sobre la monstruosidad real, sobre la diferencia, el horror y la crueldad. La parada de los monstruos. No son vampiros ficticios venidos de Transilvania que nos entretienen mientras comemos palomitas, son seres humanos deformes, pero estrictamente reales. Seres humanos que no responden al canon de lo que se impone por humano, y que divierten o asustan, pero siempre tras el cristal de la distancia, tras la vitrina del museo o la jaula del circo. Browning hace agujeros en la cuarta pared y nos deja cara a cara con nuestras propias deformidades, intuyendo que hay monstruos más terribles que los aparentes. Esto es una obra maestra. Un disparo en el centro del cerebro. Mirad esta escena: la chica "normal" se ha casado con el enano, sabemos que su moralidad es abyecta y quiere estafarlo, se celebra un histérico banquete donde los invitados son los hermanos en la marginalidad del novio, los monstruos que estrechan lazos porque entre ellos el mundo deforme es el de fuera, celebran que la chica "normal" es uno de ellos. Uno de nosotros, gritan una y otra vez. Está claro que es uno de ellos, de alguna forma todos lo somos. Repetid conmigo: gooble, gobble...