viernes, 6 de septiembre de 2013

Contraelegías, o el peso del pasado en Ray Bradbury.

VIVO EN LO INVISIBLE, Ray Bradbury  (trad. Ariadna G. García y Ruth Guajardo), Ed. Salto de Página ,2013, Madrid, 240 pp. 
En el poema Recuerdo (p.151) Ray Bradbury narra cómo de niño escondió un mensaje en el nido de una ardilla y cómo, cuarenta años después, el mensaje seguía intacto y adquiría la plenitud de su sentido. “Te recuerdo”, dice la nota. El niño recordaba al hombre que acabaría siendo, ambos eran lo mismo a pesar de la dictadura del tiempo y la destrucción que conlleva. Ser uno siempre, desde un instante pequeño hasta el final, y a esa eternidad llamarla Dios. Por ejemplo. Esa es la idea que baña esta antología que por primera vez nos trae la obra en verso de Bradbury a nuestro idioma. La búsqueda del hilo interior que nos cose en el tiempo.
Su vida, su tiempo íntimo, sagrado, reducida a unos cuantos poemas que van desde 1964 hasta 2002, y abundando aquellos que inciden en un concepto que llamaremos contraelegíaco. “Todo es pérdida y hábil recuperación” (p.99) nos dice.  Los poemas de este libro, rescatados del pasado, son como la nota que aquel niño dejó en el nido de las ardillas, huellas de la memoria y el futuro que recorre su vida al mismo paso. Aquí no se canta lo perdido porque nada se ha perdido. Contraelegía. Todos y cada uno de los Bradbury que ha creído ser están expuestos en este catálogo deliberadamente exhibicionista, todos sus yoes internos (p.69) que en el fondo son el mismo, siempre.
En ese sentido abundan las referencias al paso del tiempo y de que aquello que cose el tiempo dentro de nosotros se mide en lo que pequeño: el nido de las ardillas o el olor a tabaco en los dedos del padre que le enseñó a hacerse el nudo de la corbata (p.93). Nada se pierde ni desaparece, aunque el tiempo parezca ser efímero como el aleteo de un colibrí (p.17), por eso la insistencia en la memoria viva traducida en lugares míticos para su biografía personal como Dublín o para la de Occidente como Troya o Bizancio, cuyas ruinas nunca pudieron ser borradas por el tiempo. Y todo, en la Historia y en la vida, pervive  gracias a la escritura, a los libros de Shakespeare o Stevenson, a la pintura de Manet. La enorme figura de Moby Dick como metáfora de casi todo.
Hemos hablado de eternidad y nombrado a Dios, y es que Ray Bradbury construye un mensaje nítidamente religioso, donde coincide  la loa a científicos como Lavoiser o Darwin con elementos tradicionales de un cristianismo más gestual que místico. El tiempo,el peso del pasado, la eternidad, el hombre en sí, sólo son reflejos de Dios, pero tampoco se elabora un mensaje crítico o problemático con esa relación. Es, y Bradbury lo celebra. Por ello, y por alguna que otra proclama nacionalista o antiecologista, el autor de novelas del futuro se nos muestra como un hombre de ideas conservadoras más aferrado al pasado de lo que podríamos pensar. De hecho llega a emparentar la pintura rupestre con la Ciencia Ficción (p.175) cosiendo, también, en el mundo del arte y de la representación del mundo el tiempo como un solitario reflejo de lo mismo. La fe en Dios es la misma que la fe en el progreso científico, donde sólo se permite la herejía de cuestionar las armas nucleares (p.57).
El conservadurismo de Bradbury también se refleja en su concepción formal de los poemas, donde la mayoría son estrofas rimadas de corte clásico (las traductoras han optado con buen criterio por no reproducir la rima, que fácilmente se puede cotejar en el original en inglés de las páginas pares) y que además aborda los tópicos poéticos sin apenas  voluntad de riesgo, rozando en algunos momentos el puro kistch.
Con estas armas Bradbury quiere notificar su vida, un idioma de otro tiempo para constatar la eternidad, el hilo común del tiempo. Contraelegía a contraelegía. Como la nota en el nido de la ardilla. “Lo escribes o se olvida” (p .71 ) “. Mi única tarea es apuntarlo todo” (P.81) y perseguir la coherencia y la unidad desde el nacimiento hasta la muerte, como si fuéramos siempre los hombres que somos hoy y eso fuera la prueba de la existencia de Dios. Algo así. “Vivo en lo invisible./ Lo invisible soy yo.” (p. 149).
(reseña aparecida en el número de septiembre de 2013 de la revista Quimera)