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jueves, 21 de junio de 2018

UN CORAZÓN IMPOSIBLE DE DECIR

CELEBRACIÓN, Gonzalo Hermo, La Bella Varsovia, 2017, Madrid, 68 pp.





Celebración ya apareció en gallego en 2014, y fue premiado con el Premio Nacional de Poesía Joven y con el Premio de la Asociación Española de Críticos Literarios, lo cual no tiene por qué significar nada literariamente. Ahora Miriam Reyes lo traduce al castellano y comprobamos que hay un autor y un libro sólidos tras los galardones. Gonzalo Hermo (Rianxo, 1987) escribe un conjunto de poemas orgánico que pone en cuestión la solidez de tres de los grandes pilares sobre los que se asienta la poesía contemporánea desde el ya viejo romanticismo: el tiempo, el yo y el lenguaje. El autor constata que el tiempo, y el ser en el tiempo, son materiales inestables, en constante mutación, que chocan con la ansiedad por fijar la realidad que tienen tanto el lenguaje como la escritura poética. Y sin embargo escribe acerca del paso del tiempo, pero muy alejado, como no podía ser de otra forma, del tópico elegíaco que tanto contamina tanta poesía; escribe contra cualquier conato de nostalgia: el paso del tiempo no se llora, se celebra, porque no hay pérdida, aunque se pierda, aunque ni siquiera el poema sea capaz de retenerlo. O tal vez por eso. El tiempo se celebra con toda su erosión y toda su nada amenazando: “no queremos un cuerpo que no sepa estropearse” (p.31). El tiempo se celebra con todo su olvido, con toda su muerte acechando: “ No tememos la muerte// La llevamos dentro// La celebramos” (p.53). Por lo tanto toca aceptar que nada permanece nunca, y cantar desde ahí, desde el poema que sabe que no puede decir lo que le excede, pero que se construye en un conjunto de ficciones luminosas idénticas al collage de tiempos (re)creados con el que conformamos nuestra identidad. Nada permanece, y lo celebramos. Nada de lo que somos es más estable que la materia temporal que nos construye: “Apurados por el exceso/ prometimos regresar/ con un cuerpo distinto cada día.//Pero hay una sola memoria/ una sola memoria/ que nos miente” (p.33).
Diríamos pues que la tara es el molde del que se sacan estos poemas, conscientes de la imposibilidad de decir lo que es el frío, la pequeñez del musgo y su tacto, todo el universo que resbala en una gota de rocío; y a pesar de eso, de un lenguaje superado y de un yo que se sabe líquido, estos poemas conciben su propia vida, su belleza susurrada a pesar del tiempo y del mundo, afilándose como una grieta necesaria en la aparente solidez de las cosas. A pesar, o precisamente. Porque cómo fijar por escrito algo que no deja de cambiar, cómo decir la vida, cómo resolver la paradoja de que “el lenguaje dura/ los cuerpos no” (p.52), cómo cantar todo eso sino aceptándolo y perdiéndose poema adentro como quien se pierde en el bosque sin esperar nada al otro lado salvo el murmullo siempre nuevo de los árboles, con la mirada del incendio como amenaza, sí, con la promesa de la primavera como esperanza, también, pero en el bosque. En el poema. Sin más. Celebrando la claridad del que sabe que nada permanece y todo nos pertenece. Celebrando la posibilidad de cantar para/con el otro: “donde hallemos silencio habrá ruido/ esperando encontrar/ un oído que lo escuche” (p.36). Es este un libro que no está escrito en mármol sino en el agua, y que sabe que la poesía tiene más de improbabilidad que de certeza: “Quisiera saber/ si conseguiré regresar del frío/ con un corazón imposible de decir” (p.46), se pregunta, y cuando llega a la conclusión de que no hay nada más allá, de que todo es una nada maravillosa, asiente y lo celebra con nosotros.

(reseña aparecida en el número de febrero de 2018 de la revista Quimera)

miércoles, 20 de enero de 2016

Yosotros en Cultureta.

En uno de los últimos números de la revista Cultureta el periodista Edu Centeno tuvo conmigo una charla sobre Yosotros y otras cosas.

Cultureta

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Atendiendo a la propia referencia al autor que expone su último libro, para no pillarnos los dedos) “Raúl Quinto nació en Cartagena en 1978 y se licenció en Historia del Arte por la UGR. Actualmente reside en Almería, donde ejerce como profesor. Colabora como crítico en revistas y como articulista de opinión en periódicos. Es autor de varios libros, en su mayoría de poemas”. Todo eso es, categóricamente, Raúl Quinto. Y sin embargo, no. (Atendiendo al contenido de su último libro) Raúl Quinto, al igual que el resto de personas, es mucho más que una simple identidad que pueda catalogarse con cuatro, cinco o chorrocientas etiquetas vagas. Raúl Quinto forma parte de algo más que sólo puede explicarse mediante el concepto que le da título a su última publicación: ‘Yosotros’.
La editorial Caballo de Troya ha apostado por darle salida al mercado a un texto que profundiza en la premisa de “en qué consiste eso de ser uno mismo, con las implicaciones antropológicas, políticas, sociales, etc., que eso tiene”. Es decir, identidad como punto de inicio y retorno, llevada al extremo y relacionándola con una sentencia tan simple como evidente: somos personas individuales; formamos un mundo colectivo. La clave reside por tanto en cómo encajan entre sí ambas mitades del planteamiento. Al margen de la introducción, para explicarlo Raúl Quinto divide implícitamente en cuatro partes un libro que (parece hecho adrede) es también poco ortodoxo a la hora de clasificarlo dentro de un género, ya que “no es un ensayo realmente, aunque pueda parecerlo porque hay una tesis oculta o no tan oculta, bastante evidente. Tampoco es una novela, aunque haya un argumento que se repita, también parece que unos personajes que interactúan entre ellos… Tampoco es una colección de relatos, aunque se construya de esa manera. Es decir, es una cosa bastante híbrida: salto de un capítulo donde hay una historia explicada como un relato corto a otro que es casi un poema en prosa, otro que tiene un punto más micro-ensayístico y así”.
La primera de esas partes se centra en “la idea del yo, de uno mismo, lo que se impone como normativo, lo que nos dice: ‘tú, si quieres ser alguien, tienes que tener estas características; si no, eres un bicho raro, eres lo otro’. Y te ponen ahí, te exhiben, se ríen de ti…”. La segunda parte comienza a dar las primeras pinceladas de conexión, aludiendo a “cómo hay otros individuos, otros unos mismos, que condicionan a un montón de gente, y cómo hay una interacción entre los unos mismos que hace que se conviertan en comunidad. Por ejemplo, el tema de David Icke y los reptilianos”. Finalmente, la tercera parte nos expone de lleno ante la sociedad de masas, algo más ajeno en cuanto a la concepción de pertenencia ya que “son el resto, porque tú nunca te asocias a ti mismo como parte del rebaño. Así que se habla de nosotros frente a ellos, pero claro: ellos piensan que ellos son nosotros y que nosotros somos ellos. Por eso hablo de cómo la sociedad de masas diluye toda la identidad en una identidad colectiva, que si uno se pone a analizar, en realidad está dirigida o está condicionada por unos poderes que manipulan a las masas, para que vayan en la dirección que les interesa a unos individuos concretos que sí mantienen para sí mismos la idea de identidad y de control sobre su destino”.
¿No parece esto así explicado una visión muy pesimista de la realidad en que vivimos actualmente? Para nada, porque es ahí cuando entra en juego la cuarta y última parte. Realmente “lo que viene a decir el libro cuando habla del concepto de ‘Yosotros’ es cómo eso, de alguna manera, se puede haber superado en el siglo XXI; cómo puede haber ahora una sociedad que sí, que es colectiva, pero donde cada uno de sus nódulos, cada nodo de esa red, es inteligente y es uno mismo pero se interrelaciona y crece en común con los demás. Fíjate que a las dos semanas de empezar a escribir ‘Yosotros’ empieza el Movimiento 15-M y el libro se contamina también de eso, pues demostró que lo que yo estaba pensando, ese algo que estaba ya en la génesis del libro, tenía un sentido de realidad”.
Todo esto que, a priori, puede parecer un batiburrillo de difícil digestión, Raúl Quinto lo viste de experiencias vividas por personajes reales como Mary Ann Bevan, Otto Gross o Túpac Katari, entre muchos otros, que a través de sus historias muestran que somos tan parecidos o distintos a los demás como queramos y elijamos ser. “Tenía muy claro, por ejemplo, que quería hablar de Michael Jackson. Su historia era una idea que me parecía muy clave de lo que puede ser la posmodernidad, este momento del nuevo siglo y la posibilidad de un nuevo tipo de ser humano, porque ya no es sólo su transformación, sino cómo se ha contado, la narración o el relato que se ha hecho a través de los medios y que se ha convertido ya en un fetiche de la cultura popular. Me parece un ejemplo muy claro de cómo la identidad se podía transformar, de cómo estamos de alguna forma condenados a nuestra propia identidad, de cómo muchas veces nuestra identidad ni nos pertenece siquiera”.
Por ello, ‘Yosotros’ se convierte también en una experiencia compleja, que las malas lenguas podrían tachar de poco accesible para cierto tipo de público. Falso. Además de que se entiende que el lector que llega a ‘Yosotros’ ya tiene una cierta predisposición a temas que tratan de lo visible y lo invisible, el autor lo pone fácil mediante su intención de “que no sea necesario encontrar fuera del libro nada que no esté dentro de él, que las referencias que aparecen a filósofos y artistas estén los suficientemente bien explicadas dentro de las páginas para que no sea necesario tener una vasta cultura. De todas maneras, son bastante conocidos todos los nombres, así que no es nada hermético”. De hecho, es más bien al contrario, dado que en ocasiones da la sensación de haber llegado a un pacto tácito con el libro mediante el cual te invita al juego de interactuar con él, buscando más información sobre los propios personajes. Tanto es así, que incluso Raúl confiesa que “algunos capítulos los he hecho en colaboración con la gente de Internet. Por ejemplo, hay un capítulo en el que hablo de santos, una obsesión que tengo hace bastante tiempo por lo de sus martirios, así que pedí ayuda en Facebook y puse un estado preguntándole a la gente quién era su santo favorito. A medida que se repetían algunos yo iba investigando sobre ellos, dando como resultado, por ejemplo, las historias que escribí finalmente en el papel sobre Santa Eulalia (de Barcelona) y Saint Denis (de París)”.
Quienes le conocen íntimamente, dicen que es lo mejor que ha escrito hasta la fecha. Quizás la clave está en algo que repite constantemente al preguntarle por él: “Me lo he pasado muy bien haciendo este libro”. Sea como fuere, lo que está claro es que es un texto fiel a sí mismo en todos los aspectos, consecuente con su propia órbita, esa identidad en torno a la que gravita. Y es que según él, ha intentado dotarlo “de un estilo ameno, que vaya llevando al lector, que vaya haciéndole cómplice explicándole determinados guiños, determinados giros para que se sienta acompañado. Pero sin dárselo tampoco masticado, porque digámoslo claramente: ‘Yosotros’ es un libro que requiere de una lectura activa, y eso me parece muy positivo, que te haga pensar y trabajar un poco a ti como lector. Más que dejar un trabajo hecho y decir: ‘mira, esta es la verdad, comparto contigo la sabiduría eterna, tal y cual…’, a mí lo que me interesa es abrir puertas, abrir muchas puertas, con muchos temas, muchos personajes, muchas historias. Y si quieres seguir metiéndote por ellas y seguir profundizando, seguir creciendo, pues es un libro que no se acaba, lo cual es maravilloso”.

viernes, 8 de enero de 2016

Yosotros según Vicente Luis Mora.

"Hay un poema de Jorge Riechmann en La estación vacía (2000), “Tuyo”, que comienza con el verso “vencido no es vendido” y termina con estos cuatro: “yonosotros / aún / luchando / todavía”. Creo que Quinto compartiría esta visión, tanto política como subjetiva, o al menos eso parece desprenderse de su último libro,Yosotros. Siguiendo el modelo contra-genérico o híbrido de Idioteca (2010), que definíamos en su momento como una “distopía cultural”, Yosotros podría definirse como una utopía subjetiva, si se entiende por tal un libro donde la línea argumental hace referencia a la “mutilación como puerta a ese estado híbrido entre el yo y el ellos” (p. 116), a la imposibilidad de ser uno, que acaba conduciendo al libro –y a su autor– a la búsqueda de otra posibilidad de ser, de otra forma ideal de subjetividad menos castrante, mutiladora y fatal que el sujeto cartesiano. Esa forma que él encuentra para sobrevivir en el mundo siendo de un modo menos doloroso es el yosotros, una nueva persona del singular-plural que se constituya como un espacio subjetiva, social, metafísica e ideológicamente habitable.

En el libro se van mezclando apuntes memorialísticos con impresiones intimistas y microensayos históricos, cruzados con pequeñas biografías de numerosas personas que pagaron un alto precio por ser quienes fueron. Suicidas, perseguidos, malditos, inadaptados, locos, conspiranoicos o réprobos comparecen aquí para explicar qué sucede cuando uno no encaja en los modelos de su tiempo, y se opone a ellos con atrevida resistencia, como diría Hamlet. El castigo suele ser siempre el mismo: la cárcel, la ejecución, el ostracismo o la muerte por la propia mano. “El triunfo del yo autorreferente tiene un revés envenenado” (p. 162). Creo que el propósito de esta colección de vidas truncadas y de horrores históricos que Quinto desperdiga por el libro es mostrar la oposición radical entre la unidad a ultranza (que conduce a la frustración o el apartamiento social) y la alianza con los demás, no en un sentido solidario, sino todavía más íntimo, hasta ser con los otros. Una subjetividad entendida como tejido (p. 206), libre de las normas occidentales del capitalismo o refractaria a ellas. Es una reflexión algo utópica, sí, pero no nos viene mal un poco de utopía, sobre todo cuando es inteligente y está bien escrita."



Esta reseña de Yosotros apareció en Diario de Lecturas el 13-12-15.

jueves, 7 de febrero de 2013

Ruido Blanco en la radio (entrevista)

Os dejo AQUÍ un enlace con la entrevista completa que me hicieron el programa Días de Radio, de Candil Radio. Fue un rato agradable de buena conversación donde hablamos de Ruido Blanco, del mundo y de la vida.

martes, 8 de enero de 2013

La flor de la tortura según Sara Castelar Lorca.


Sara Castelar Lorca me ha hecho llegar esta reseña de aquel libro de poemas que publiqué en 2008. La crítica fue radiada en su momento para una emisora granadina.  Dos libros después resulta extrañamente agradable comprobar que estos poemas siguen dando qué decir.

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La poesía de Raúl Quinto ha sido galardonada en varias ocasiones, obtuvo el premio Andalucía Joven en el año 2004 con su libro “La piel del vigilante”, un libro que en su naturaleza resulta curioso por estar basado en los personajes de Watchmen,   un comic de los años ochenta considerado por los expertos en esta materia como el mejor de la historia. Raúl Quinto camina en la búsqueda de una poesía completa, donde no se marquen límites en cuanto a la temática ni las fuentes de las que parte la belleza, o en palabras del mismo autor:
“Las raíces de mi discurso se enredan en una multiplicidad de géneros, artes y realidades, de la literatura al arte conceptual, del cómic a la música rock, del cine a la Historia... en ese sentido mi tradición es mutante, y si quisiera inscribirme en alguna sería en aquella que potencie las posibilidades físicas de la palabra: si el poema arde debemos sentir el calor en nuestro propio cuerpo”

La poesía Raúl Quinto se vale de la técnica y de las formas tradicionales para crear un lenguaje y una unidad estética particular, propia y tremendamente actual. Observamos un predominio de versos polimétricos y de figuras literarias tradicionales, con una atención especial al verso eneasílabo, endecasílabo y heptasílabo, entre otros no reglados, combinaciones que generan ritmos muy musicales y acertados en lo sonoro, a lo que une el uso de un léxico escogido precisamente en la búsqueda de una sonoridad rotunda, todo esto enfocado a que la composición global del poema produzca un quiebre en el lector, una sacudida o quizás abrir esas Grietas que la palabra produce cuando se utiliza como un bisturí, lo terrible produce una sección que nos conduce a lo irremediablemente hermoso:Para que no se escape ni un dolor,/para que todos queden/atados a sí mismos/como una escala sin origen vivo,/donde nunca se sabe cuánto tiempo/se lleva descendiendo ni por qué.”
Esta búsqueda de la belleza en lo terrible se materializa de forma más contundente en su último libro “La flor de la tortura”, premio de poesía Francisco Villaespesa, donde Quinto avanza un paso más en  esta línea y construye una poesía valiente, que no ve coartado su lucimiento estético por el empleo de elementos no asociados a la belleza en un contexto coloquial, aquí la belleza no está limitada por los prejuicios que implica la asimilación de conceptos a determinadas emociones y el lenguaje construye un nuevo significado que genera esa belleza alternativa e impactante, la  palabra se convierte en un elemento constructivo que a la vez  deconstruye  lo que entendemos por real para crear otra realidad, lo que supone una llamada de atención, una denuncia, una revelación que nos viene dada precisamente por el choque que produce en el lector y por el universo con entidad propia que es capaz de generar. Atendiendo a estos planteamientos recordamos las palabras de Baudelaire que afirmaba ” el Mal que se conoce es menos terrible y está más cerca de la curación que el Mal que se ignora", en el caso de Quinto podemos decir que desnuda de prejuicios los conceptos asociados al mal y se vale de ellos para generar una belleza nueva: “La música es materia:/el canto del arpón/atravesando el pecho de la sirena;/La partitura ciega/de las arañas/tejiendo en nuestros labios,/el uno contra el otro,/como en un beso/donde no hubiera más salida/que respirar a dentelladas”
El uso de la imagen destaca en la totalidad de “La flor de la tortura”, la contraposición de sustantivos fuertes con radicales connotaciones  negativas acompañan o se asocian  a otros que en la comunicación normal serían absolutamente incompatibles, conformando un lenguaje sin limitaciones que se abre a nuevos conceptos y también a nuevos efectos en el lector, es precisamente de esa confrontación de la que parte una comunicación que obliga a generar un pensamiento distinto a través de la lectura: “Existe un puente entre el dolor /y la belleza, una flor de óxido/que entierra sus raíces /en las agujas hipodérmicas./Las correas que atan./El brillo en las hebillas./La inyección./Y tú. La crisálida ya rota”.
 Esto provoca un disentir de los prejuicios heredados a través del lenguaje y en consecuencia genera un pensamiento libre, distinto  y desligado completamente de ataduras e imposiciones, digamos que aquí la poesía se rebela contra lo establecido y hace una llamada de atención importante a cualquier forma de conducción del pensamiento, esto lo definiría Walter Benjamin en alusión a la obra de Baudelaire pero que es perfectamente aplicable al caso que nos ocupa: " El poema es para él, el único ámbito donde puede decir 'quiero' o 'no quiero'.” o en palabras del propio Raúl Quinto: “En la primera de sus Elegías de Duino, Rilke escribe que "lo bello no es sino el comienzo de lo terrible", justo en ese límite es donde deseo situar mi poesía, transitando por el límite entre la belleza y el horror. Las zonas menos gratas, los ángulos más oscuros de la existencia mostrados al lector con voluntad de choque, para que la colisión les abra los ojos a una realidad velada por las luces y el ruido de la sociedad post-industrial.”
La alusión Rilke es muy significativa en relación a la poesía de Quinto, este referente nos indica de forma clara su posicionamiento en cuanto a la concepción del verbo o la palabra en relación a la construcción del lenguaje, decía Rilke que el verdadero poeta debía asumir la muerte del verbo, pero esa muerte alberga un sentido que trasciende el concepto de fin y lo posiciona en el concepto de cambio, en el caso de Rilke el cambio de produce desde el germen de la emoción propia que se genera en la soledad y en lo terrores propios asumidos en el marco de la noche y la incomunicación deliberada del entorno, y aunque encontremos esta conexión que nos lleva quizás al mismo fin,  en el caso de Raúl Quinto la posición es externa, él mismo nos indica: “no creo que haya una equivalencia entre el estado de ánimo y la escritura ni que haya que establecer ningún vínculo, como si uno fuera reflejo del otro. Es más, mi opción es la de una total asepsia emocional a la hora de sentarse a escribir, para evitar precisamente que pueda haber contaminaciones en el proceso creador”
Estamos ante dos arterias que confluyen en pulsos parecidos, pero logradas desde dos ángulos distintos, diferencia que posiblemente nos venga dada, entre otras muchas cosas,  por el contexto tan sociocultural tan extremadamente distinto en el que los dos autores desarrollan su obra.

En el poema “Cámara oscura”, Raúl Quinto termina con este verso sentenciador:
“La belleza es la muerte”, un planteamiento que ya apuntaba en el S.XIX un poeta alemán prácticamente desconocido llamado August Von Platen, poeta en el cual se inspiró Thomas Mann para la construcción del personaje central de La muerte en Venecia, él lo definía así: "Quién con sus ojos la belleza ha visto está ya entregado a los brazos de la muerte". El estilo de ambos poetas se sustenta en parecidos pilares, ambos usan las formas clásicas, conocen la métrica y los recursos literarios tradicionales y además están altamente influenciados por las artes visuales, Von Platen comienza escribir deslumbrado por la pintura de  Tiziano, Tintoretto o Veronés, en el caso de Raúl Quinto él mismo manifiesta su cercanía con la pintura u  otras artes visuales, además de su condición de historiador del arte, que ineludiblemente imprime una visión multidireccional del texto y al mismo tiempo enriquecedora.
Este es un fragmento del   poema Tristán de Von Platen:

“Aquél que ha alcanzado el dardo de hermosura
entre cuitas de amor arderá para siempre.
Ah, deseará secarse como los manantiales,
aspirar un veneno en cada soplo de aire
y la muerte adorar en cada flor,
aquél que con sus ojos ha visto la hermosura
deseará secarse como los manantiales.”






 Este es un fragmento del poema Cámara oscura de Raúl Quinto:
“son las mismas pupilas
descendiendo
hasta el no más allá
de tu aliento,
el mismo corazón decapitado
latiendo sin sentido
sobre la mesa del quirófano,
pero tú eres otro.
En la frontera de ti mismo
Te acercas y me dices:
Es la caligrafía del dolor quien
 nos escribe,
mira mis ojos y encontrarás un túnel para e odio.
Miro tus ojos y comprendo.

La belleza es la muerte.”


 Encontramos las mismas conclusiones dos siglos más tarde, la muerte como manifestación absoluta de la belleza, el abandono de lo detestable, de lo asumido, en definitiva, una lucha por la libertad de crear y recrear desde las mismas entrañas de lo que nos asusta.
El último poema de libro llamado “La ebriedad de Houdini” nos lleva al ilusionismo, al escape, a esa forma de evadir el ser en las sensaciones llevadas al extremo, a la recreación de un espectáculo en donde el observador es partícipe en la misma medida que el escapista y cada uno tiene la libertad de sostener su miedo y su belleza propia, poesía que desmiente los tópicos y crea lugares en los que ser otro dentro de uno mismo.

Sara Castelar Lorca
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jueves, 11 de octubre de 2012

Ruido Blanco según José Luis Gómez Toré (La Tormenta en un vaso)


Reseña del poeta y crítico José Luis Gómez Toré aparecida en la veterana y recomendable web de crítica literaria La Tormenta en un vaso.


"Aunque tengo por costumbre desconfiar de ese peculiar género literario que constituyen los textos de contraportada, en este caso no puedo por menos que citar un fragmento que resulta ciertamente iluminador: “Ruido blanco: señal aleatoria que contiene todas las frecuencias, todas ellas con la misma potencia. Es el sonido del mundo contemporáneo, donde la suma de todas las voces produce un marasmo informativo, un colapso ensordecedor”. En efecto, ese exceso de comunicación que se resuelve en ruido es una de las marcas de una postmodernidad en la que todo texto parece condenado a ser solo cita, como si el anhelo liberador de la autonomía de la palabra que soñó la poesía simbolista se hubiese convertido en la pesadilla de un lenguaje que se multiplica a sí mismo como un cáncer, hasta el punto de convertir todo en un texto ilegible. No es de extrañar que Raúl Quinto(Cartagena, Murcia, 1978) evoque la imagen de un palimpsesto, pero de un palimpsesto que se muestra como la herida de un cadáver, como la peligrosa “intemperie del adentro”.
El cuerpo y la violencia tienen desde luego una destacada presencia en este libro, como ya lo tuvieran en un poemario anterior, La flor de la tortura (2008), pero ni en este título ni en el que ahora comentamos se trata en ningún caso de una mera estetización de la violencia, sino de una necesaria exploración de esa corporalidad amenazada y amenazante que también materia verbal. Raúl Quinto utiliza en esta ocasión como hilo conductor la figura de Christine Chubbuck, periodista estadounidense que se suicidó delante de las cámaras en 1974. La evocación de este suceso histórico podría servir de base a una mirada crítica sobre esa espectacularización de lo real que, como ya denunciara Guy Debord, es una de las notas características de nuestro presente. Así es, en efecto, pero los poemas van más allá: se trata de mostrar el frágil suelo sobre el que pisamos, la imposibilidad de edificar una morada en el vacío.
Fredric Jameson, en su Teoría de la postmodernidad, señalaba cómo ante lo postmoderno, entendido como dinámica cultural del capitalismo tardío, no se podía responder con estrategias ancladas en la modernidad. La técnica de yuxtaposición a modo de rapidísimo zapping o de salto de un hipervínculo a otro en Internet, la inteligente utilización de la elipsis, el constante juego de referencias culturales que encontramos en estos poemas son estrategias típicamente postmodernas (aunque con raíces en las vanguardias), pero, a diferencia de no pocos textos contemporáneos, no revelan ninguna complacencia. En Ruido blanco la violencia es algo más que un tema, es un juego de fuerzas que hace estallar el poema desde dentro. Los fragmentos que recogemos son esa mirada interrogante que Christine Chubbuck lanza a la cámara o el espejo quebrado en el que se mira, como quien se asoma a un precipicio, el lector.

José Luis Gómez Toré"

sábado, 22 de septiembre de 2012

Ruido Blanco según Antonio Mochón (Tendencias21)

Os dejo aquí la que considero, hasta ahora, la lectura crítica más inteligente de mi último libro, en la revista Tendencias 21.
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Un ancla para un mundo saturado de señales
 
Raúl Quinto propone en su último poemario la construcción de un asidero real, donde todo es espectáculo.
 
Un ancla para un mundo saturado de señales
“¿Blake no habló de grilletes forjados por la mente? Dioses y diablos nos convierten en niños asustados. Debemos acabar con ellos y alzarnos, felices, altos majestuosos”.
Grant Morrison


Si el ruido blanco, como la luz blanca, es una señal aleatoria que contiene todas las frecuencias y si el resultante es el caos registrado en una gráfica plana, bien sirve como metáfora de un mundo saturado de señales que obtiene como resultado nuestro particular registro del caos diario, por ejemplo, en los catastrofistas noticiarios de la sobremesa.

Raúl Quinto (Cartagena, 1978) —quizás porque el silencio en según qué tiempos parezca obsceno— ofrece un análisis, directo (50 páginas) y en forma de poemas, a partir de los patrones explicativos de este caos blanco que nos caracteriza; y lo hace, como no podía ser de otra forma, con el punto de mira en los mass media, instancias modeladoras de nuestras creencias, gustos, vivencias y, en última instancia, de nosotros mismos.

Entre las virtudes de Ruido blanco (La Bella Varsovia, 2012) está la de rescatar el lenguaje de la contradicción, aquel estilo de la negación del que hablara Debord cuando los situacionistas eran cuatro locos. La contradicción es inherente a todas las cosas y también a nuestro mundo, el que unos pocos han creado para su beneficio y que, en la era del whatsapp, ha hecho de la incomunicación una de sus señas de identidad más universales. Ahora diseñamos emociones:

“Diseña un edificio cuyas puertas
desaparezcan una vez cruzadas.

Diseña una emoción”.
p. 12

El ser humano es una miniatura del ser humano, un llavero en nuestros bolsillos. No necesitamos más que visitar la Piazza de la Signoria en hora punta y comernos un helado mirando la obra de los hombres. Esta vida vicaria de tamagochis, Second lives y perfiles sociales es nuestra tragedia: como una sombra nos persigue, se nos apropia y nos vive plácidamente.

“Algunos aseguran
que una cabeza separada
del cuerpo puede continuar consciente
casi medio minuto. Esos ojos
abiertos de raíz
frente a la multitud. Eso decir.”
p. 12

Encuentro en Ruido blanco una obsesión por la instantánea, por la imagen detenida y fragmentaria, por la fotocomposición o la superposición, por lo difuso, lo borroso y el vértigo ante las zonas limítrofes.

La tendencia instructiva-expositiva de Raúl Quinto, su estilo aséptico de laboratorio o mesa de operaciones incide sutil pero abiertamente sobre nuestra mirada acostumbrada a no ver. Mostrar la descomposición, acusarnos y, acto seguido, intuir una salida a lo que en realidad era un callejón sin entrada.

Como si el ruido de las bombas creara una melodía (“En la confusión de todas las voces amanece un idioma nuevo”, p. 13), la búsqueda de un nuevo lenguaje y, con él, de una nueva identidad con la que, volviendo a Debord, nos emancipemos de las bases materialistas de la verdad tergiversada. Por eso espera el derrumbe, como una esperanza. Ese “labrarse una desgracia” de Palahniuk, la igualdad matemática del todo y la nada, el cero elemental (blanco) desde donde comenzar.

La humanidad, escribe Benjamin, convertida en espectáculo de sí misma, ha llevado su autoalienación a un grado tal que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético.

Y aquí cobran sentido los poemas vertebradores del libro sobre Christine Chubbuck, periodista estadounidense que en los años setenta se suicidó mientras presentaba un informativo en televisión.

Una sociedad que prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser, no puede sino celebrar estos inmensos happenings cotidianos: accidentes de tráfico, guerras y suicidios, todo televisado.     
 
El espectáculo rutinario, que nos ha servido en riguroso directo la Guerra del Golfo o la caída de las Torres Gemelas —violencia tranquilizadora desde nuestros sofás—, confiere valor de verdad a la imagen (“El encuadre lo es todo”, p. 18). La forma ha ocupado el fondo y se confirma aquella máxima de McLuhan: el medio es el mensaje.

O, lo más preocupante, sencillamente no hay mensaje y por eso nos recreamos en la técnica. Nuestra sociedad, convertida en espectáculo de sí misma, se autofagocita con los Sálvame de rigor que levantan la sospecha sobre si somos la última fase de un cruel experimento conducente a salvaguardar al marionetista:

“… Alguien duerme.
Alguien nos sueña. Comprobaron
la eficacia del método
en animales superiores:
un elefante cae a plomo
ante los ojos de la prensa.”
p. 19

Pero no está el canto apocalíptico sin más. Si hay una enfermedad, parece decir Raúl Quinto, necesitamos un diagnóstico. El problema es que el lenguaje que tenemos no sirve, necesitamos un nuevo idioma, nuevos signos. Signos como el de Christine Chubbuck (“Ella quiere expresar su condición / de palimpsesto”, p. 22), como lo es el hombre que se quema a lo bonzo en Italia o como quizá lo sea, por ridículo que parezca, “saquear” un Mercadona con carritos de la compra llenos de arroz y leche; puede que todo esto, en el terreno simbológico, contribuya a construir un nuevo lenguaje con el que sobrescribir el anterior. O no.

Lo que parece claro es que necesitamos redescubrir los signos que nos rodean, volver a poseernos, sacudirnos de todo aquello que no somos.

Todo nuestro edificio está agrietado. Sus cimientos son frágiles, como nosotros. La imagen dicta nuestra fortaleza, amparada en un supuesto confort y bienestar, pero acumulamos un malestar latente (“El enjambre interior”, p. 27), la “revolución latente” de Baudrillard, pues en el fondo sabemos que todas nuestras decisiones, en el nombre de la felicidad, ya están tomadas. Nuestra vida kit nos aleja de ese “ahora absoluto” y los síntomas, la fatiga —mal del siglo de la sociedad moderna—, los despachamos con ocio y medicinas.

Somos fantasmas: alguien nos sueña. Hablamos una fantasmagoría: el significado “real” ha desaparecido y es su fantasma el que se pasea de signo en signo, sin llegar a estar en ninguno, como el deseo.

Fantasmas en un mundo en el que todo remite a otra cosa, en el que los cuerpos son mercancía que adquiere su valor como objeto de consumo (“Piensa en tu reflejo escindido en el escaparate. Consume tu cuerpo”, p. 46), un mundo de saturación de voces, luces, carteles, anuncios, máquinas, es un mundo blanco por acumulación y mezcla, un cóctel de signos (“Aumentando el microscopio: un signo dentro de un signo dentro de otro signo: ruido”, p. 33) que representan este gran simulacro sublimado cayéndose a pedazos (“… cada veintitrés fotogramas se inserta el rostro en descomposición de Ava Gardner (…) El decorado es inmenso”, p. 43). Pero es nuestro mundo y, como escribe Raúl Quinto, “No hay otro lugar. No hay otro tiempo. Solo el aquí” (p 46). Este es nuestro tiempo mítico, la profecía somos nosotros.

Ruido blanco empieza con el pesimismo de “Cero” y termina con el significativo “El ancla”. Forjar un ancla significa construir un asidero que no sea autodestrucción y que ha de partir de nosotros mismos. Sólo hay que mirar ese terreno arrasado y desposeído que llevamos adentro, atreverse a descubrir las contradicciones que albergamos. Estaremos cabreados y no tendremos miedo.


EL ANCLA

Ahora forjo un ancla. Una forma
afilada que enturbia el fondo del océano,
como el anzuelo que desgarra
la piel del pez sin atraparlo.
Entonces, las escamas y la herida.
El limo suspendido contra la dura roca.

Y la intemperie del adentro.


(p. 50).


Reseña del profesor, poeta y crítico, Antonio Mochón, editor del blog La vida no existe.
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viernes, 3 de agosto de 2012

Varias cosas sobre Ruido Blanco y la poesía y la ciencia.

Últimamente han salido varias notas sobre Ruido Blanco. Voy a poner aquí los enlaces para no saturar excesivamente vuestro monitor con tanto autobombo. Por ejemplo, Agustín Fernández Mallo dijo unas palabra en su blog y Guillermo de Jorge escribió una columna par el Diario de Almería donde no solo hablaba del libro.  También os dejo este interesante reportaje sobre Ciencia y Poesía que ha realizado la periodista y poeta Rebeca Yanke. Y ya sí, no me puedo resistir a copiar directamente la reseña que David Refoyo ha colgado en su blog sobre Ruido Blanco. Buen verano.

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Después de devorar con saña, durante meses y de forma repetitiva, su anterior libro: Idioteca (El Gaviero, 2010), volver a leer material nuevo de Raúl Quinto era una necesidad poética de primer orden, quien además, para mi sorpresa, lanzaba su última creación en la editorial que publicó mi querido Odio: La Bella Varsovia.

Que Raúl es un buen poeta pocos lo ponían en duda después de La Piel del Vigilante (DVD, 2005), que se trata de uno de los mejores creadores de imágenes poéticamente hablando, también. Porque es capaz de elaborar con precisión y fluidez a raíz de la anécdota, del comentario, de un nocturno programa de televisión del año 98, porque lo hace bien, con la palabra adecuada, concreta, sin grandes aspavientos, pero cargado de simbolismo.

Este poeta, nacido en Cartagena en 1978 es ya uno de los poetas a tener en cuenta dentro de panorama nacional. Pese a su juventud, ha conseguido una voz propia, interesante, compleja y necesaria en el anquilosado sistema poético español. Desconozco sus influencias, pero contemplo a Riechamnn tras algunos versos y, en esa estela, me veo a mí mismo dentro de algún tiempo.

Raúl Quinto ha conseguido transmitir, como dirían los rockeros de antaño, el mensaje. Su discurso cala, pero el lector no se da cuenta del calado hasta que termina el libro, hasta que ha detenido el tiempo para reflexionar en torno a conceptos atemporales como el ruido, la conversación, la interferencia, la comunicación o la televisión.

La Bella Varsovia sigue apostando por libros de autores jóvenes, con sus ediciones cuidadas, metódicas, donde todo se predispone para que el autor termine felizmente contento de su aportación a esta editorial, cada día que pasa, más necesaria. Porque con la que está cayendo, que haya editoriales que sigan apostando por poesía joven y española, es digno de ser reconocido. Y aplaudido.
 
David Refoyo."

martes, 24 de julio de 2012

Ruido Blanco en Nayagua.


Pequeña nota-reseña aparecida sobre mi libro en el último número de la revista Nayagua, que podéis consultar (merece la pena) entera en este ENLACE.




"Al igual que la suma de todos los colores culmina en el blanco, la sobredosis de información 
se traduce en un inmenso cero. Un signo dentro de otro signo, una emisora circunscrita 
entre otras decenas de voces que todas congregadas se traducen en ese “ruido blanco” “que 
contiene todas las frecuencias”. La avalancha de los medios de comunicación y su naturaleza 
invasiva: un “desorden” barroco que ha hecho de la confusión su “superficie”. Con fuerza
expresiva Raúl Quinto se adentra en este inerte palimpsesto en el que lo fragmentario es la 
nueva dictadura y la elipsis el imperio de la irrealidad. Quizá de todo ello nazca un nuevo 
idioma y este libro constituya su primera piedra de toque. Un “ruido” que acaba siendo una 
melodía altamente recomendable.  "

lunes, 9 de julio de 2012

Ruido Blanco según Alberto García-Teresa (Artes Hoy)

Esta reseña escrita por Alberto García-Teresa salió publicada hace poco en la revista Artes Hoy. La reproduzco entera.

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El ruido blanco es una señal aleatoria que se caracteriza por el hecho de que sus valores de señal en dos tiempos diferentes no guardan correlación estadística, que contiene todas lasfrecuencias y todas ellas muestran la misma potencia. Así, su densidad espectral de potencia es una constante. Es decir, su gráfica es plana, nos indica Wikipedia.
A través de este símbolo, Raúl Quinto nos expone la incomunicación y la sobreexposición a la información que provoca el aturdimiento, el desentendimiento y la apatía en nuestra sociedad («al vacío se llega por exceso de representación»). La asepsia de las imágenes que utiliza el poeta, su frialdad, se corresponde extraordinariamente con la atmósfera de deshumanización con la que retrata nuestra realidad. Por tanto, Quinto demuestra una excelente elección de campos semánticos (una habilidad ya demostrada sobre todo en su anterior La flor de la tortura) que anula la capacidad de empatía.
Además, el escritor yuxtapone en sus piezas las imágenes, con lo que presenta una construcción que manifiesta una organización muy visual (no en vano, explícitamente juega con el lenguaje cinematográfico: «primer plano de las manos de William Parsons. Fundido en negro»), presuntamente objetivista, o también a una, como llega a indicar el propio autor, «composición cubista». En ese sentido, se denuncia con este método la falta de nexos, de vínculos que relacionan la información y que demuestran su causalidad. En nuestra cotidianeidad, esta parcelación es un mecanismo de manipulación, pues presenta una realidad aislada, que aborta o dificulta una posible crítica estructural, amortiguando por tanto los efectos del capitalismo. Igualmente, responde a una sociedad compuesta de sujetos aislados que, en definitiva, remite al individualismo que, no en vano, impera en nuestros días. La propia estructura de los poemas se interpreta en ese sentido, ya que muchos versos están compuestos de oraciones formadas por sintagmas nominales.
Así, Ruido blanco aporta una lectura política evidente. Pero Quinto con mucha habilidad sabe mostrar su denuncia a través de la propia forma de enunciación; con la presentación de un discurso que no es explícito, que no ofrece conclusiones y que, en esencia, exige al lector que discierna del ruido, obligándole también a llevar a cabo un acto que le dota de capacidad política.
Quinto agudiza tanto el registro aséptico de su, por otra parte, original La piel del vigilante , como la fuerza de unas poderosas imágenes, basadas con frecuencia en elementos corporales, que no buscan ni la belleza ni el lirismo: «Miles de transistores sobre el lecho de un lago drenado». Incluso recupera su violencia y su aliento surrealista, especialmente en la serie de poemas escritos en cursiva: «el verde hálito de las farmacias humedeciendo las quemaduras».
Con todo, el autor denuncia la falta de pensamiento crítico y la manipulación y control a través de los medios de información: «Transmisiones de radio: una señal / emite todas las frecuencias. // Igual a cero». Además, en algunos momentos, se asocia a la exposición del horror de la guerra, como cuando vincula el blanco (otro símbolo constante en todo el volumen, al igual que el de vacío) con la explosión de la bomba nuclear.
El libro está armado con dos series de poemas, junto con otras piezas independientes de ambos. Una es el ciclo de Christine Chubbuck, que es el personaje que da unidad a un volumen ya de por sí muy cohesionado. Se trata de una presentadora de televisión que se suicidó en directo tras anunciar: «De acuerdo a la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio». Este conjunto de textos resulta especialmente brillante.
Al aludirla se pone de relieve la presencia de la televisión en nuestra sociedad.
El otro conjunto se compone de poemas de versículos, editados en cursiva, con títulos entre paréntesis que aluden a procesos y elementos biológicos o físicos mayoritariamente. Poseen mayor desarrollo descriptivo. No responden tanto a la denuncia de la incomunicación, pero sí manifiestan con potencia esa atmósfera deshumanizada; desierta, solitaria (donde se pueden otear ambientes propios de J.G. Ballard).
En ese sentido, aparecen procesos químicos y físicos que concluyen en la homogeneización de sus componentes, en principio distintos. De este modo, habla de la uniformidad del pensamiento actual.
Además, se constata la reescritura continua de la Historia, de los hechos. Critica la construcción y reconstrucción de una realidad falsificada, de un mundo aparente y hueco: «Diseña un edificio cuyas puertas / desaparezcan una vez cruzadas»; «el encuadre lo es todo». Así, resuenan continuamente los situaciones en esta obra.
Sin embargo, la falta de conciencia, de crítica, no priva de una apariencia de vitalidad: «Algunos aseguran / que una cabeza separada / del cuerpo puede continuar consciente / casi medio minuto». En ese sentido, no resta importancia el autor a la responsabilidad de los individuos al aceptar y convivir con esos principios: «Lo que vendemos / es lo que quieren, lo que son. // Es el deseo. Y su amnesia. // Cubren los ojos con las manos / y dejan un resquicio / para seguir mirando. // Es lo que quieren, // su miedo en una caja de cristal».
A pesar de ello, se cuela la esperanza: «te abrazo con fuerza esperando que la onda expansiva nos esquive»; «esperar el derrumbe». Sin embargo, se trata de brillos muy puntuales en un registro, en general, desolador.
Siete notas a estos 36 poemas revelan al lector contextos o alusiones. Sirven para iluminar el poema, no para explicarlo (recordemos a Enrique Falcón cuando indicaba que «debido al asombroso éxito de las tácticas de invisibilización de la propaganda a la que se enfrenta, un poeta político no debería dar por supuesto el hecho improbable de que los lectores conozcan por entero el mundo en el que viven. Por ello, en ocasiones la poesía política ha de seranotada»). Además, el escritor introduce en ocasiones alusiones muy concretas.
En suma, Ruido blanco resulta un breve pero excelente poemario, que sabe hábilmente elaborar una crítica social de una manera integral, arriesgada y coherente.


Alberto García-Teresa "

martes, 26 de junio de 2012

Idioteca según Sofía Castañón.


(más de dos años después de salir publicado Idioteca sigue sorprendiéndome con nuevas reseñas y lecturas inteligentes como esta que realiza Sofía Castañón en su blog).

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Encontrar las palabras para hablar de

Idioteca, Raúl Quinto (El Gaviero, 2010)


Ahora que llego al último poema de Ruido blanco (La Bella Varsovia, 2012) como quien llega de un paseo largo en el que el paso de los días importa poco porque nosotros secuenciamos de otra forma, ahora me atrevo a hablar de Idioteca. Tras casi dos años de lectura y relectura desde que llegó a mis manos. De imposibilidad para. De escasez para decir que. Todo este tiempo asumiendo que hablar de aquello que nos importa es mancharlo, distorsionarlo, aburrirlo. Como con todo, siempre, destrozamos al tocar. Pero con aquello que nos importa no queremos, no sabemos. Qué contar, por más que el entusiasmo grite “compartir”. Los lectores entusiastas no somos buenos para hablar de los libros que nos entusiasman. O no siempre.
Entrar en Idioteca tiene esa cosa de museo virtual, muy blanco, en el que nos paramos frente a pantallas. Como una sala con vídeoinstalaciones en la que perder la noción del tiempo y de las distancias para con el tiempo. El modo en el que los ítems, los temas, se hipervinculan en la mente de Quinto y cómo lo cuenta. La épica que hay tras el Coyote como un Sísifo con piedra ACME, como la metáfora del American Way of Post-industrial Life. Aprender y desaprender con Itten, un limón, un campo abrupto y amarillo, porque la representación de las cosas es representación. El autor dobla las cuerdas del tiempo para decirnos que Goya escuchaba “Shadow of a doubt” de Sonic Youth mientras pintaba su Perro ahogándose en la arena, la más angustiosa y al tiempo sensata de sus pinturas negras.

Si pensamos en el arte como elemento explicativo del mundo, las cronologías no son eje sino opción. Dice Alberto Santamaría en el prólogo “hologramas”, y no le falta razón, porque el recorrido a pies descalzos que el lector hace por Idioteca no puede ser en soportes analógicos. Sin rebobinar con esperas, todo se activa con la mirada, (si queremos decir digital, con la yema de los dedos, pero no). Esta galería de seres que lo son por lo que hacen, pintan, dicen, aguanta como funambulistas cuando cae sobre ellos la mirada de Quinto. Cuestionar sin miedo al anacronismo porque eso también es un constructo.
Por dónde andará Saussure piensa esta lectora, entre tanto pulso de significante y significado. Lo que es y lo que decimos. Y lo que entendemos y. Dónde andará el tipo y qué diría frente un café con los del círculo de Viena y Raúl Quinto. Lo que hay y su forma representativa, la elección de una forma y no otra para.
Cómo no pensar, después de cerrar el poemario Ruido blanco, que Quinto lleva tiempo diciéndonos que no nos entendemos. Y que no nos entendemos porque no nos da la gana, porque seguimos pautas que. Porque forzamos análisis y no miramos otros análisis. Se titula Idioteca y sin embargo es un libro tremendamente político éste que (como siempre) publica con cuidado y gusto El Gaviero Ediciones. Como si quienes pueblan las páginas de este texto híbrido estuviesen aislados del mundo, pero no la mirada.
A Raúl Quinto le preocupa el mundo en el que vivimos desde las formas en que lo interpretamos y expresamos. Es el verbo el que nos hace carne. Y qué hacemos entonces con el verbo, su plasticidad, su código. No todo vale, pero todo lo que vale puede, por un momento, intercambiarse. 
Sofía Castañón "

sábado, 21 de abril de 2012

Ruido Blanco según Sergi Bellver (BCN MES)

Una nueva y diminuta reseña del libro, ahora en la revista BCN MES y a cargo del crítico Sergi Bellver.
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Raúl Quinto:// RUIDO BLANCO

Aunque el colectivo cordobés La Bella Varsovia suele apostar por noveles, Raúl Quinto (1978) es ya un autor de cierto recorrido, con varios poemarios publicados. No obstante, Ruido blanco parece el libro que podría haber escrito un poeta nuevo y necesario, es decir, un hijo del caos contemporáneo que no cayera mesmerizado por su efectismo. Con una mirada crítica e inteligente, pero también atónita, Raúl Quinto arma en pantalla un mosaico distorsionado que cuestiona cuánto hay de vacío en esta proyección que llamamos realidad. 

                                           Sergi Bellver.

lunes, 16 de abril de 2012

Ruido Blanco según Martín López-Vega (Rima Interna-El Cultural)

Esta es la opinión del crítico Martín López-Vega sobre Ruido Blanco, la página original es ESTA. Como podéis comprobar el libro no le ha convencido. Y es solo la primera reseña...

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Raúl Quinto, Ruido blanco (La Bella Varsovia). El nuevo libro de Raúl Quinto (Cartagena, 1978) corre el peligro de las ideas ingeniosas: ser luego capaz de desarrollarla y dar al libro que esa idea motiva cuerpo suficiente como para que sea el libro el que sostiene la idea y no viceversa. Dice la contracubierta: “Ruido blanco: señal aleatoria que contiene todas las frecuencias, todas ellas con la misma potencia. Es el sonido del mundo contemporáneo, donde la suma de todas las voces produce un marasmo informativo, un colapso ensordecedor”. Es lo que el libro de Quinto imita, pero sólo a ráfagas es capaz de ofrecer algo más que la grisura que mimetiza; y la buena idea de conjunto se desvanece como una buena intención en una noche de zapping.


Martín López-Vega."

viernes, 9 de diciembre de 2011

Idioteca según Babelers e Idioteca según Jorge Díaz Martínez

Surfeando por la red he encontrado esta ¿reseña? de Idioteca, que comparto con vosotros. Me alegra ver que el libro sigue dando sombra y fruto. Y justo después una reseña fotográfica que realizó Jorge Díaz Martínez.




"Raúl Quinto, Idioteca y el museo imaginado


Idioteca de Raúl Quinto es uno de esos raros libros tocados por la gracia y el esplendor. A medio camino entre media docena de géneros y subgéneros, los veintidós textos de Quinto se internan en un camino intermedio y a menudo más interesante (y menos previsible) que una mera hibridación genérica.

Sin duda, lo que le otorga a la obra un valor propio, y que la haría destacar en una librería de sus compañeros de estante, es la impresión continua que el lector recibe al comenzar cada micro-ensayo de estar ante las puertas de un catálogo de un museo imaginario, de una guía de viajes de un país interior.

No es casual que el primer texto reciba el nombre de “pórtico”; ya que la puerta se convierte aquí en la metáfora por excelencia de la maquinaria que hace girar cada texto (cada forma de mirar la realidad).

El eclecticismo, así como la exuberancia de temas y tratamientos, nos lleva desde la antigüedad a la pantalla del televisor, en un camino inédito, lejos de las aburridas superposiciones de imágenes a que nos tiene acostumbrados la literatura última. En estos textos el autor se despereza y reinventa a Goya, a Lovercraft, a Cave, toma pulso y los hace convivir en un espacio común con Sonic Youth, con Kepler y hasta con la selección de Dinamarca, en un fino hilo de pensamiento.

Pero insistimos que no debe el eclecticismo ocultarnos el valor sustancial de la obra, que nos es más (ni menos) que el de encontrarnos ante una puerta, ante una búsqueda entre materia y realidad, ante el descubrimiento constante en la reelectura; y lo más importante ante la posibilidad de hacer del mundo un lugar menos previsible.

Acuda a su librería más próxima, encárguelo, insista si la distribución no es rápida, acuda a su casa, cierre la puerta tras de sí: deje el prólogo para más tarde si quiere, vaya a la página 17, meta la nariz entre el texto y respire a pulmón abierto. Se sentirá mejor. "



martes, 21 de junio de 2011

Idioteca según Agustín Fernández Mallo

Agustín Fernández Mallo, el autor del proyecto Nocilla, recomienda en su blog una serie de lecturas para el verano, entre ellas mi libro Idioteca, en los siguientes términos:

"IDIOTECA, de Raúl Quinto, (edit El Gaviero). Este libro extraño y brillante del poeta almeriense, cuyo título alude a la memorable canción Idioteque, de Radiohead, se editó en 2010 y no lo había leído hasta ahora. Las concatenaciones teóricas, derivas emocionales, discurso acerca del sentido de las imágenes -imágenes que en otras manos serían imposibles, como la relación entre la pintura de Goya y el ruidismo de Sonic Youth, y que Raúl Quinto convierte en plausible-, así como el pulso narrativo del excelente poeta que es el autor, lo convierten en uno de los libros más interesantes que he leído en mucho tiempo. Una feliz mezcla de pensamiento audaz, narrativa de precisión y poseía sintética en lectura transversal de la contemporaneidad. Ah, se me olvidaba decirlo: es ficción. (Prólogo a cargo de Alberto Santamaría"

martes, 25 de enero de 2011

Idioteca según Luis Bagué (en su blog)

El poeta y crítico Luis Bagué ha inaugurado su blog recientemente, es reconfortante que uno de los primeros libros de los que hable sea el mío. Diciendo esto:
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Idioteca (pasen y vean)

Leo, de un tirón, la Idioteca de Raúl Quinto. Recuerdo que hace poco Luis Magrinyà describía su Habitación doble como una “instalación narrativa”. La referencia viene al caso porque el último artefacto de Quinto se podría definir como una “instalación poética” o como una “performance literaria”. En el prólogo del libro, Alberto Santamaría habla de la plasticidad de las imágenes que Quinto proyecta en el lienzo de sus páginas y en la retina de sus lectores. Sin embargo, la hipnosis colectiva de Idioteca no solo se debe a los espectros culturales invocados ni a la peculiar alquimia verbal del autor. Los aquelarres pictóricos de Brueghel, los acordes visionarios de Sonic Youth, las peripecias animadas del Coyote y los monstruos soñados por la razón alucinada de Gordon Lewis, Lovecraft, Goya o Zeuxis de Heraclea demuestran que Scheherezade sigue devanando una y otra vez la madeja de sus mil y un relatos. En el museo de Idioteca conviven la memoria deductiva del ensayista, la mirada empírica del poeta y el pulso del narrador, ese croupier que siempre esconde un as (o un cuchillo) bajo la manga. A los visitantes de esta galería privada no les quedará más remedio que dejarse atrapar por el infinito juego de espejos orquestado por Raúl Quinto. Mientras tanto, apaguen los teléfonos móviles y permanezcan atentos.

Luis Bagué."