jueves, 6 de octubre de 2011

Conversaciones con el dios tartamudo

ALDOUS HUXLEY.POESÍA COMPLETA. Jesús Isaías Gómez López (trad y de). Cátedra, 2011.




Aldous Huxley (1894-1963): autor de Un mundo feliz, tal vez la novela distópica más célebre. Puro siglo XX, ensayista profuso. Suyas son algunas de las páginas más citadas sobre psiquedelia o religiones orientales que tanto impacto causaron en la cultura beat y sus derivas. Aldous, el hermano de un suicida, el hijo de una larga saga de intelectuales ingleses. Compartiendo el té con el grupo de Bloomsbury y mesa y mantel con Eliot. Huxley el viajero impenitente del cuerpo y de la mente, de los países y las formas místicas. El hipnotista que intentó usar ese método para curar el cáncer de su esposa. Huxley y el LSD. Huxley muriendo mientras le recitan El libro tibetano de los muertos al oído. Dice el prólogo de este libro que anduvo clínicamente ciego durante casi dos años en su temprana juventud, y que desde ese momento la búsqueda, a veces literal, de la iluminación fue una de sus obsesiones. De ahí tantos caminos. La poesía fue el primero de ellos, fagocitado desde 1941 por su prosa.


Poesía Completa: Jesús Isaías Gómez lópez nos presenta la primera edición no anglosajona de todos los textos poéticos producidos por Huxley, completando aquel volumen que él mismo publicara en 2009 en la Univ. de Almería. Ya de por sí esto es un hecho imponente. Además los poemas van acompañados de un trabajo de erudición notable, y por momentos excesivo. Por su parte las traducciones mantienen el pulso musical en castellano y funcionan con solvencia. Lo que no compartimos es la decisión de dividir el poemario Leda en dos partes (poemas en verso, y poemas en prosa dentro de un apéndice al final del volumen), Gómez López lo hace para “mantener el ritmo y metro convencionales a lo largo de esta edición” (p. 599). Nos resulta arbitrario y distorsionador. Cada libro es ante todo una unidad, también rítmica. Pero mejor unamos las piezas del puzle y leamos.




Mixticismo: Leemos seis libros y una multitud de poemas sueltos, de textos en revistas a anecdóticos poemas epistolares o en francés, y todos cosidos con un mismo hilo cuyo origen podemos encontrar en la madeja simbolista: Baudelaire, Laforgue, o el suntuoso ornamentalismo de Verlaine. Huxley suele entender la máquina del poema como una gema tallada que hay que llenar de brillo y palabra densa, como ejercicios de metro y rima que tenderán a la descripción lujosa de detalles y paisajes, así como a enciclopédicas referencias culturalistas (perfectamente glosadas en las notas). Digamos que en las estanterías de la tradición poética española Aldous Huxley podría haber sido el décimo novísimo.


Pero aquí el lujo es una herramienta más de búsqueda trascendental. Un camino más a la luz, como el de Jonás saliendo de la ballena. Lo que subyace a esta poesía, como campo previo o paralelo a su obra en prosa, es una búsqueda del absoluto, o una explicación del mismo en su dialéctica con lo material. Huxley entiende que la eternidad está en Dios (y sus múltiples formas religiosas), en el amor (incluyendo el sexo como explosión de infinito en la carne) y el propio arte (de ahí el formalismo lujoso de los poemas). Un nuevo misticismo pues, al que llamaremos mixticismo por su impuro mestizaje. Sujeto a una dialéctica continua donde los contrarios se agreden: Platón/Aristóteles, virtud/pecado, oscuridad/color, etc. que se lleva incluso al plano formal enfrentando dos campos textuales muy definidos: poemas de tono elevado frente a poemas de tono irónico. La mixtificación comenzará a ser más precisa a partir de Leda y el magistral poema Soles Occidere et Redire Possunt (pp 435- 479), alcanzando su culmen en Arabia Infelix, cuando ambos registros acaben fundidos en un mismo cuerpo, uniendo los contrarios en collages de reminiscencias eliotianas. El final del camino hacia lo trascendente pasará por la contaminación. Un sensualismo superior, en las propias palabras del poeta. Una acercamiento a la perfección de lo sublime desde el mundo y sus taras. Poder llegar a hablar cara a cara con Dios y descubrir que es tartamudo.





















(publicado en la revista Quimera de septiembre de 2011)

sábado, 1 de octubre de 2011

NAPOLES, 50 C (Tim Parchikov)


Subimos las escaleras. Entramos en la sala donde están expuestas las fotografías de Parchikov. Son de gran formato, colores brillantes, por momentos el papel pudiera ser incandescente. Ciudades y paisajes entre la geometría y el desierto posmoderno, lleno de signos y luces. Parchikov juega a la precisión y a la elusión, y a veces se cae al vacío inane. Puede que tal y como sucede con el mundo contemporáneo. Doy tres pasos y veo esta fotografía. Es enorme. Es armoniosa y clásica. El espacio neutro rodea el telescopio como si fuera una solitaria columna jónica, o una mancha gris en medio del lienzo azul. Clasicismo, serenidad, monumentalismo. El ojo agradece el reposo. El ojo y la forma se anestesian. Pero algo arde. Tanta paz esconde una lectura terrible y certera del mundo que nos están construyendo. Para mirar el horizonte hay que introducir 50 céntimos. Para llegar al futuro hay que pagar. El cielo está privatizado, la belleza o el porvenir. El mañana está hipotecado. Ese es el mundo que nos quieren regalar. Imponer. Dejo de mirar la fotografía, justo a unos metros hay otra de un mimo vestido de rey sentado en un rincón sucio, pidiendo limosna.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Miguel Hernández, Cara-B

El año pasado fue el centenario del nacimiento del poeta Miguel Hernández, y entre el mucho o el poco ruido que se hizo al respecto, Jesús Aguado organizó este volumen (No sabe andar despacio, CEDMA, 2010) con reflexiones de poetas "jóvenes " sobre el orihuelano. Mi aportación fue el ¿ensayo? que a continuación podéis leer:

"



Miguel Hernández, Cara B.


Piensa en Miguel Hernández. Escribe sobre Miguel Hernández. Es el centenario de su nacimiento: aplausos, discursos institucionales para el hombre muerto por las instituciones. No importa , que la fiesta no cese, como el rayo. Desempolva a Miguel Hernández. Sus libros están al fondo de la estantería. Las páginas crujen al separarlas. Es el sonido del tiempo, es la artrosis del papel. Vamos a pasear el espectro de Miguel Hernández por las plazas de los pueblos, es el centenario de su nacimiento: 1910 queda lejos, esto es ya el siglo XXI, los grandes mitos de la Historia son figuras recortables de una revista infantil, las ideologías, nos dicen, son dibujos fantasma unidos con puntos suspensivos. Pero no importa. Nada. Pienso en Miguel Hernández.

Miguel Hernández en mí. No es una poesía que ahora me interese, tampoco es un poeta que considere importante en mi formación. No lo ubico en los estratos geológicos de mis posibles influencias. Estimo que hay una zanja muy grande entre su dicción y el sonido que agradece mi oído. Y sin embargo tengo que reconocer que él estaba allí mucho antes que otros, en el tiempo lento durante el cual las cosas suceden y significan para bien o para mal. Entonces estuvo. Recuerdo que yo tenía unos dieciséis o diecisiete años. Recuerdo que quería ser Rimbaud y que había pocos libros de poemas a los que tuviera acceso. Sé que un día de invierno me fui a la playa con un libro de Miguel Hernández y cerveza, y que seguramente también fumase algo. Recuerdo la ebriedad y la sensación de habitar esos poemas, supongo que hubo algo de comunión con lo escrito. Tal vez lo que sucedió fue que me intoxiqué y la belleza del momento fuera un efecto secundario. Eso ocurrió. Una antología negra de Cátedra, un adolescente desorientado en la playa de un pueblo. Casi lo había olvidado hasta que tuve que rebuscar en la memoria razones para escribir sobre Miguel Hernández. El centenario no basta, eso son excusas institucionales para justificar presupuestos. Cuando llegue 2011 el centenario habrá pasado, pero mi cita con sus poemas en la playa permanecerá. O ni siquiera eso. La playa cada año es distinta.




Miguel Hernández en ti. Léelo en la escuela. Muestra a tus alumnos el dibujo hecho en la cárcel por Buero Vallejo. Se adivina la calavera bajo los trazos. Lo hizo Buero Vallejo el radiografista. Di que en tus tiempos era un poeta prohibido y tuviste que hacerte con una edición de Losada en el mercado de los imposibles. Identifícate en tu lucha ficticia con su lucha real. Leer un libro clandestino es una forma de resistencia, una pequeña trinchera en el fondo de la mente. Reconocerás a los tuyos por el gusto a cebolla de sus miradas. Somos bastantes y somos mejores. En el fondo se trata de sentirse parte de una tribu. Podemos comprar una camiseta con un eslogan o un verso camuflado. Podemos darle la vuelta al disco de Joan Manuel Serrat y poner por fin la cara-B. Imagina que ese silencio sucio entre canción y canción es el espíritu del poeta reclamando su dignidad desde el ultramundo. Bueno. Con eso pocas bromas, con la dignidad ni medio chiste. Reconstruye el mito del hombre que brotó de la tierra como una raíz de carne atada a lo más profundo de lo bueno y noble que puede haber en un hombre o en una tierra. En el dibujo de Buero Vallejo se adivina la calavera, los ojos oscuros. Mira la mirada. Mira la fanfarria de la democracia, el confetti sobre los muertos y las banderas de los muertos. Ahora estudiemos a Miguel Hernández, aprendamos su vida como preguntas para un examen. Toquemos con una guitarra la elegía a su amigo Ramón ante tres decenas de niños aburridos. Hagamos un premio de poesía y llenémonos los bolsillos. Celebremos el centenario, que ya toca.

Miguel Hernández en mil. La dignidad, el mito. Con esto ni un gramo de ironía. Me pongo de pie para escribir su historia, me siento otra vez para corregir las erratas. Un hombre nace en 1910 en Orihuela, hijo de campesino. Quiero decir que Miguel Hernández nunca fue un burgués jugando a revolucionario. No había posibilidad de pose. Era fruto de su tiempo y de su condición. También es cierto que hay reminiscencias arcádicas en la imagen del joven pastor devorando libros bajo un encina mientras las cabras rumian el atardecer. Queremos ver un halo de pureza, una limpieza, seguramente impostada por nuestro complejo tecnológico, por lo bien que vivimos y lo lejos que nos queda todo ese mundo. Igual que su amistad con Ramón Sijé. A saber. Escribe un poema definitivo y la vida, y la muerte, y cualquier matiz verista queda neutralizado. He escuchado decir: la entrañable camaradería, la orfandad posterior, el amor fraterno a pesar de la distinta extracción social y la consiguiente deriva ideológica. A saber. Hay tanta falacia en este tipo de mito laico. No puede ser casual que mito y timo tengan las mismas letras. Pero queda el poema. Ese poema en concreto, que es ya un icono , una marca de lo poético tradicional. Oye, tú, la poesía sirve para cantar la amistad y la pena y esas cosas entrañables que, efectivamente, se nos mueven en las entrañas a los seres humanos, ¿lees esta elegía? ¿percibes el dolor y la belleza? Busca tres metáforas y una aliteración, relaciónalo con el ambiente cultural de su época y la biografía del autor, busca la rima, y para casa escribís vuestra propia elegía. En la siguiente clase hablaremos ya no del poeta cabrero y sus amigos muertos,sino de la guerra.
Porque es necesario que exista un poeta de la guerra para que podamos estudiar los poetas de preguerra y los poetas de postguerra. Toma una etiqueta manchada de sangre y barro. Declama un panfleto rojo contra el viento. Canta y lucha. El canto como forma de lucha, el lenguaje como trinchera real. El dorado de las estatuas se descascarilla y deja a la vista pintura de camuflaje, el silbo de los pájaros se transforma en el de las balas. Nos han machacado tanto con la Guerra Civil. Los mitos, los símbolos, los emblemas. Los himnos. Andaluces de Jaén, emocionaros con el verde ceniciento de los olivos que al parecer fuisteis, y al que habéis quedado unidos por el verbo. Dinamiteras, yunteros, paisajes tricolores que alimentan la nostalgia de los que no estuvieron allí. Nos contaron un cuento de vencedores y vencidos, de humillación y castigo. Ahí también encajaba perfectamente la figura de Hernández, como la de Lorca: no hay nada mejor que un poeta como mártir. Y es verdad que recuerdo que de pequeño en el colegio me contaron la historia y leímos las Nanas de la cebolla, y que aquello fue emocionante. Y que aquello parecía profundamente verdadero. Y al final del cuento el poeta moría en la cárcel.

Miguel Hernández en lid. Una vez estuve en un acto donde se leían poemas de Hernández y escuché a alguien gritar: los fascistas lo dejaron morir en la cárcel, lo mataron. Y a otro: no fue así, simplemente no había medicamentos, pero no fue alevoso. Y yo mientras tanto bostezaba.




Miguel Hernández en sí. Parece, según lo leído hasta aquí, que el poeta es sólo un símbolo, promovido para asentar ciertos valores e ideas, un elemento pedagógico del sistema; o bien una muleta sentimental en la que apoyar algún momento de nuestra biografía. Estoy seguro de que esto no es del todo cierto. Aparte del relato que hemos construido sobre el poeta y sobre sus poemas como segregaciones simbólicas de dicho relato, podemos preguntarnos si hay poesía o no hay poesía. Si nos vale o no. Y entonces recuerdo unos cuantos versos, alguna imagen que me retuerce por dentro. Al fin y al cabo la poesía debe provocar incendios neuronales. El crujido, el cortocircuito, la convivencia de lo posible con lo imposible. Eso es en gran medida la poesía, ¿se da ese fenómeno en Miguel Hernández? Propongo que sí. Y tomaré como ejemplo un fragmento de un poema. Los cobardes. El típico poema panfletario de Vientos del pueblo, escrito durante la guerra, con toda la mala uva del mundo. Poema duro, divertido, absolutamente accidental para un purista. Tal vez demasiado largo, posiblemente por eso pierda fuerza. Da igual. Citemos el fragmento en cuestión:

Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.

Los tres primeros versos son objetivamente muy pobres, fáciles; la contradicción entre los adverbios que indican valor y los actos que se le atribuyen a un cobarde es digna de un poeta primerizo (o de un poeta obligado por las circunstancias y la propaganda, como es el caso). Sin embargo la cosa cambia con los tres siguientes versos. No he encontrado a nadie que no esboce una sonrisa ante “estas fugitivas cacas”: ese es el valor de la sorpresa, del humorismo que tan difícil es de solventar con tino en un poema. Pues ahí Hernández lo clava. Estupendo. Pero son los dos últimos versos los que alcanzan la altura que justifica tanta devoción. Los cobardes le duelen al poeta en un sitio muy concreto. Y la poesía es el arte del lenguaje preciso. Los cojones del alma. Sabemos claramente de qué está hablando Miguel Hernández cuando dice eso, y sabemos que no se podría haber dicho de mejor forma. Precisión poética. Altura literaria, incluso en medio de un poema circunstancial e impregnado de bilis.
La mezcla de lo espiritual (el alma) con lo más absolutamente terreno (los cojones), sería una versión guerracivilista del famoso encuentro del paraguas y la máquina de coser. O tal vez no. Tal vez sean lo mismo cojones y alma, y el verso impacte por redundancia. Tal vez lo que pasa es que la poesía sea una cuestión de eso, de cojones y de alma.

sábado, 17 de septiembre de 2011

PIC COMA DE VARILLES, 2758m (Joan de la Vega)

Donde los seres
y las cosas
reoelen sus nombres,
me encuentro.
Sin más clemencia
que un sol
demoledor.
Bajo la nube
grave
que desparrama
de granizo
los suelos.
Ahí,
donde puedas
llamarme
sin pronunciar
palabra alguna,
me encontrarás.





[de La montaña efímera, 2011]

viernes, 9 de septiembre de 2011

LA INVENCIÓN COLECTIVA (René Magritte)


Sabemos que las sirenas no existen, pero creemos en ellas, conocemos cómo son. Hemos heredado una convención sobre la base de una mentira: no existe ese animal híbrido entre mujer y pez. Pero las sirenas son medio pez medio mujer. Y sin embargo nos creemos la mentira asumida y en cuanto se la desajusta un poco (tal vez sólo el orden de las partes) nos entra pánico, el desconcierto nosn cuestiona nuestras propias certezas. Magritte sabe que las sirenas son medio mujer medio pez, y que la invención colectiva del mito, la convención social heredada acerca de este embuste dice que carece de piernas y en su lugar tiene cola de pez. Le da la vuelta y demuestra que todo es falso, que el absurdo también planeaba sobre la primera opción. De acuerdo. Apliquemos esto de la sirena magrittiana a tantas y tantas supuestas verdades que nos han contado a lo largo de nuestra vida. Operemos un leve cambio y descubramos el vacío. Cualquier cosa. El dinero. Dios. La Democracia. La Belleza. Nuestro Yo.

lunes, 29 de agosto de 2011

A LA ESPERANZA (John Keats)

Cuando me siento al lado del solitario fuego del hogar
y odiosos pensamientos cubren el alma de melancolía;
cuando no hay bellos sueños que vislumbre mi mente
y el desnudo zarzal que es toda vida no ofrece ningún fruto,
dulce esperanza, envuélveme con un etéreo bálsamo
y agita sobre mí tus plateadas alas.

Cuando vague, caída ya la noche,
entre espesos ramajes, cerrados a la luz de todo astro;
cuando a mi discurrir lo asuste entonces un desaliento triste
que, ahuyentando la dicha me haga fruncir el ceño,
con los rayos lunares fíltrate por el techo de hojas,
y manten alejado tan feroz desaliento.

Si el desengaño, fuente de la angustia,
se esfuerza en conquistar mi confiado pecho;
cuando, como una nube, aquel ocupe el aire
dispuesto a abalanzarse sobre la inerme presa,
esperanza, hazle huir con tu vivo semblante,
aléjalo lo mismo que la aurora a la noche.

Siempre que de los seres que me son más cercanos
mi temeroso pecho oiga una triste historia, oh, esperanza,
con brillo en tu mirada reconforta mi enferma fantasía,
préstame unos instantes tus más dulces consuelos,
derrama en torno mío tu celeste esplendor
y agita sobre mí tus plateadas alas.

Si un amor desdichado me oprime el corazón
- sus despiadadas causas, su implacable belleza -,
o, déjame pensar que no es del todo vano
recitar, suspirando, sonetos en la noche.
Dulce esperanza, envuélveme con un etéreo bálsamo
y agita sobre mí tus plateadas alas.

Ante el largo horizonte de los años que vengan,
no permitas que muera el honor de mi pueblo:
vea yo nuestra tierra conservando su alma,
orgullo y libertad - no una sombra de esta -
derrama especial brillo de tus brillantes ojos
y cubre mi cabeza con tus alas.

No permitas que vea el legado más grande de los míos,
la libertad - ¡qué grande con su humilde ropaje! -,
con la púrpura vil de una corte opresora,
bajando la cabeza, ya dispuesta a espirar.
Déjame que te vea descender desde el cielo con tus alas,
que llenan los espacios de plateada luz.

E igual que, en rutilante majestad, una estrella
logra adorar la cumbre de alguna oscura nube
y, allá a lo lejos, ilumina el rostro medio oculto del cielo,
así tú, si amortojan mi espíritu sombríos pensamientos,
dulce esperanza, vierte tu celestial influjo,
y agita sobre mí tus plateadas alas.




jueves, 25 de agosto de 2011

un poema de Luis Gámez

Tu cabeza es un bosque vivo
lleno de pájaros dormidos.
Calma: no quiero enloquecer mientras te hablo.
Calma: voy a hablarte con otra voz.
Calma: con una voz mucho más fría.
No tengas miedo.







[de El libro de las transformaciones, 2011]