David Cronenberg es otro de esos directores imprescindibles en la conformación de mi identidad, de mis gustos, de mi forma de ver y hacer arte. Sería largo nombrar aquí todas las películas del canadiense que han removido mis entrañas, que han provocado mudanza en mí. Está Crash, por ejemplo, o El almuerzo desnudo. Hay como cuatro o cinco más. Y sobre todas ellas Videodrome (1983), el puesto 15 de mi lista. Enorme, monstruosa. El tema cronenbergiano por excelencia es la enfermedad y la deformación. Sobre lo que suele hablar es sobre los virus y la lepra. Aquí también. Aquí el virus que deforma, que nos enferma, que nos transforma hasta el delirio es la propia tecnología audiovisual. Es la televisión y el vídeo. Lo que vemos es lo que somos. El medio. El yo, su disolución. La ruptura entre el ser humano y la máquina, mejor dicho, la ruptura del ser humano en la máquina. Su hibridación. Somos también la tecnología que usamos y nos usa. No hay frontera entre el mundo que miramos y el mundo que vivimos. La carne vieja está obsoleta. Somos algo nuevo, el homo ciberneticus que alguien dijo, el ser posthumano. Creo que a pesar de que el vídeo ha prescrito como elemento tecnológico, todo aquello que plantea esta película no puede estar de más actualidad. Esto habla de lo que somos ahora, no hay compasión en el retrato. Tampoco hay respuestas.
En el primer vídeo os pido que llevéis el cursor hasta el minuto 4, allí comienza una de las escenas más explícitas y perturbadoras sobre la relación entre el mundo de los media y el mundo real. El segundo vídeo es justo el final de la película, absténganse aquellos enemigos del spoiler (aunque no es tal). Y no olvidéis gritar eso de ¡larga vida a la Nueva Carne!
y el final