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jueves, 6 de noviembre de 2014

ruido negro: experiencia poético-musical junto a Rubén Martín y Primo Gabbiano

El pasado 1 de noviembre, tal vez para celebrar el Día de los muertos, Antonio Rodríguez (aka Stalker, aka Arshesh, aka La tercera cabeza de Kokoro) organizó un encuentro en la Llibrería Calders de Barcelona para que mi poesía y la de Rubén Martín se mezclaran con la música experimental de Primo Gabbiano y algunos de nuestros poemas fetiche de la Historia de la Literatura, un descubrimiento artístico mayúsculo. El asunto llevaba por título Ruido Negro y quedó tal cual se ve en el vídeo, al menos nosotros sufrimos algún tipo de acceso catártico, lo suficiente como para querer repetir algo así.

jueves, 14 de noviembre de 2013

otro poema de César Vallejo

De disturbio en disturbio
subes a acompañarme a estar solo;
yo lo comprendo andando de puntillas,
con un pan en la mano, un camino en el pie
y haciendo, negro hasta sacar espuma,
mi perfil su papel espeluznante.

Ya habías disparado para atrás tu violencia
neumática, otra época, mas luego
me sostienes ahora en brazo de honra fúnebre
y sostienes el rumbo de las cosas en brazo de honra fúnebre,
la muerte de las cosas resumida en brazo de honra fúnebre.

Pero, realmente y puesto
que tratamos de la vida,
cuando el hecho de entonces eche crin en tu mano,
al seguir tu rumor como regando,
cuando sufras en suma de kanguro,
olvídame, sosténme todavía, compañero de cantidad pequeña,
azotado de fechas con espinas,
olvídame y sosténme por el pecho,
jumento que te paras en dos para abrazarme;
duda de tu excremento unos segundos,
observa cómo el aire empieza a ser el cielo levantándose,
hombrecillo,
hombrezuelo,
hombre con taco, quiéreme, acompáñame...

Ten presente que un día
ha de cantar un mirlo de sotana
sobre mi tonelada ya desnuda.
(Cantó un mirlo llevando las cintas de mi gramo entre su pico)
Ha de cantar calzado de este sollozo innato,
hombre con taco,
y, simultánea, doloridamente,
ha de cantar calzado de mi paso,
y no oírlo, hombrezuelo, será malo,
será denuesto y hoja,
pesadumbre, trenza, humo quieto.

Perro parado al borde de una piedra
es el vuelo en su curva;
también tenlo presente, hombrón hasta arriba.
Te lo recordarán el peso bajo, de ribera adversa,
el peso temporal, de gran silencio,
más eso de los meses y aquello que regresa de los años.






[de Poemas humanos, 1938]

lunes, 4 de julio de 2011

Epístolas de un transeúnte

Correspondencia completa. César Vallejo (Edición de Jesús Cabel), Pre-textos, Valencia, 2011.



Existe un debate entre aquellos que leen la obra de un autor y aquellos que intentan leer al autor en su obra. Sucede que hay poetas, como Vallejo, cuya sombra vital tiene tanta densidad que por momentos oscurece también sus escritos. Se hace complicado leer de manera autónoma sus poemas sin imaginar que es él mismo quien los recita con una voz salida de su propia boca fantasmal. Su vida es una vida que ya hemos hecho nuestra, como un fetiche o una certeza. Entonces partimos de dos tópicos, que tal vez sean verdad: César Vallejo es uno de los poetas insustituibles del siglo XX y César Vallejo representa, con su biografía, un papel necesario, humano, con el que empatizamos desde la admiración y la compasión. Un mito más de carne que de mármol. Así que, a estas alturas, vida y obra están anudadas, y es por ello que se hace urgente desliar la madeja hasta saber qué hilos pertenecen a qué parte de su corazón bicardiaco, y es ahí donde la aparición de esta Correspondencia (in)completa resulta oportuna.









En las cientos de cartas que ha recopilado Jesús Cabel, que van del temprano 1911 hasta la víspera de su muerte en 1938, encontramos a César Vallejo en una dimensión más amplia, como ciudadano y poeta. Eso sí, tampoco es un Vallejo real el que encontramos aquí, por mucho que las cartas sean reales y la mayoría de experiencias e impresiones contadas también lo sean. Una carta es una elaboración, algo que acaba rozando por definición con lo ficticio: leemos lo que Vallejo ha querido contar, compartir o hacer creer. No es la verdad, aunque esté cerca. Así podemos hacernos una idea aproximada de lo que fue su vida y su pensamiento. Podemos leer el volumen, y se hace con interés, como si fuera una biografía escrita a pausas, un puzzle lleno de huecos en blanco que acaba componiendo el rostro, o la máscara, de César Vallejo.
Su vida la conocemos bien, y aquí intuimos cómo la vivió. Sabemos que se fue a estudiar a Trujillo y que allí se hermanó con la poesía y con varios poetas. Y aquí leemos el entusiasmo con el que compartía sus impresiones con los camaradas de esos primeros tiempos de carne ciega y lujuria cotizable, en líneas escritas que por momentos parecen auténticos poemas en prosa (p.ej: Carta a Óscar Imaña, 2. pp 94 y 95). Sabemos que estuvo cien días en la cárcel por un altercado en el que no tuvo nada que ver. Y aquí leemos su desesperación, cómo se muerde los codos de rabia, incluso podemos demorarnos en el Recurso de Queja que planteó infructuosamente a un tribunal sordo. Sabemos que en Lima publicó cosas pero no fue muy estimado por la intelligentsia peruana. Sabemos que retorció el cuello del castellano hasta que este gritó Trilce. Pero aquí leemos que en Lima el ambiente más que literario es letrero, cursi y falso, y que ante tamaña revolución está tan sordo como el juez trujillano. Y entonces, es verdad, se fue a París a buscarse la vida, y sabemos que por mucho que buscó apenas la encontró.







Vallejo en París, con aguacero. Vallejo embarcándose en mil proyectos truncados, siempre en vísperas eternas de un día mejor que nunca llega. Vallejo pidiendo prestadas cien, doscientas, cincuenta, miles de pesetas a lo largo de las páginas. Vallejo pidiendo favores para poder comer o vivir simplemente, haciendo trampas o insinuando traiciones a sus ideas que nunca cumplió. Su mala salud, su buena miseria. Vallejo haciéndose revolucionario por experiencia vivida, gritando ¡Viva el Frente Popular! Y entre medias manuscritos guardados con cerrojo, que cuando se abra nos dejará a todos mudos. Vallejo hablando de mujeres y poesía con Juan Larrea, de mil cosas de la vida y los libros con Pablo Abril, celebrando los versos de sus amigos, de cualquier poesía que considerase nueva y fuerte. Porque esas dos cosas le bastan.
En definitiva esta antología de brillos y mucha miseria, no va a conseguir cortar el cordón umbilical que une sin remedio sus poemas a su vida y a la nuestra. Será que César Vallejo no puede dejar de ser César Vallejo.








(reseña aparecida en la revista Quimera del mes de junio)

jueves, 9 de junio de 2011

otro poema de César Vallejo

Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la sombra,
aunque la muerte concibe y pare
de Dios mismo.
Oh Conciencia,
pienso, si, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!





[de Trilce, 1922]

jueves, 31 de marzo de 2011

EPÍSTOLA A LOS TRANSEÚNTES (César Vallejo)

Reanudo mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.

Y, entre mí, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros,
éste es mi grato peso, que me buscará abajo para pájaro,
éste es mi brazo que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campeñones.

Lúgubre isla me alumbrará continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.

Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual, éste ha de ser
mi hombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.

En tanto, convulsiva, ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león;
y, puesto que he existido entre dos potestades de ladrillo,
convalesco yo mismo, sonriendo de mis labios.

sábado, 23 de mayo de 2009

un poema de César Vallejo

Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

Examinando, en fin,
sus encotradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,
viene
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...







[de Poemas humanos]